Hola:
Mi nombre es Juan, y tengo 90 años. Como verán, estoy viviendo ya algunos años de regalo. He tenido una muy buena vida. Me casé a los 30 años con Rocío, mi esposa que hoy me espera en el cielo. Se adelantó hace 7 años, siendo más joven que yo. Sé que me está preparando un buen recibimiento cuando llegue el momento de encontrarnos. Siempre la sueño sentada en alguna nube, con su vestido blanco y su sonrisa de juventud que me volvió loco la primera vez que la vi. Estuvimos casados casi 53 años, un tiempo que muchos jóvenes aún ni se imaginan que van a recorrer en algún momento. Durante ese tiempo tuvimos cinco hijos. Todos, gracias a Dios, aún están aquí conmigo. De esos cinco hijos, nacieron 13 nietos: 7 hombres y 6 mujeres. Si bien están todos vivos, algunos no residen en este país por lo que eventualmente recibo algunas llamadas o tarjetas, pero no los puedo ver. Pero los otros nietos que están aquí me visitan, aunque lo que más me gusta es cuando es Navidad, o Día del Padre o mi cumpleaños, porque todos se reúnen en mi casa como cuando Rocío vivía. Ya tengo bisnietos: son siete, aunque no tengo muchas fuerzas para engreírlos, pero igual son hermosos y llenos de vida. Soy muy afortunado porque mi familia me retribuye todos los días lo que entregamos por ellos: tiempo, amor, dedicación y uno que otro regalo.
Actualmente no camino, estoy en una silla de ruedas porque mis piernas se debilitaron. También uso pañal y no tengo dientes, por lo que como papillas y líquidos. Hay una enfermera que me cuida día y noche. Tampoco sé hablar, tengo una enfermedad degenerativa que no me permite ya vocalizar, salvo algunos sonidos. Pero me entienden y me quieren. Y mi familia sabe el valor que tengo como ser humano. Doy gracias a Dios que no me mandaron a un asilo, que aún puedo ver las fotos colgadas en las paredes para recordar todos los tiempos maravillosos que viví. Yo sé que soy una carga, que no me puedo valer por mi mismo, que dependo económica y físicamente de alguien más.
El otro día, Sebastián, mi bisnieto mayor, que tiene 12 años –y debo decir que se parece mucho a mí cuando era chico—se sentó a mi lado a mirar por la ventana que da al jardín de la casa. Es uno de mis lugares favoritos, sobre todo cuando están mis hijos, nietos y bisnietos ahí, haciendo alguna parrillada o simplemente jugando. Sebastián no habla mucho, pero cuando lo hace siempre dice cosas sorprendentes. Y eso fue lo que hizo aquel día. Estábamos ahí cuando pasó frente a la ventana Ricardo, uno de mis nietos, cargando a su hijita de 4 meses llamada María del Rocío. Me dijo: “Papapa, ¿te has dado cuenta cuánto se parece la bebita a ti?”. Yo no entendí al comienzo. Siguió: “Yo a veces me pregunto si es fácil ser viejito, o ser bebito: los dos usan pañales, no tienen dientes, comen papilla, no hablan, no caminan y dependen de otro adulto para sobrevivir. Pero si te das cuenta, los niños son muy lindos y tiernos; todo el mundo los quiere y los engríe. Y a los viejitos también. Si no, mi papá no nos haría venir a cada rato a verte”.
Esos son los momentos en los que me gustaría volver a tener voz para poder decirle a Sebastián: “Hijo, así como tú nos ves tiernos e indefensos, hay gente que nos ve pesados y como un estorbo”. Aunque Dios es sabio, y es mejor que no me hizo hablar, para que mi bisnieto viva en su inocencia y no conozca la cara contraria al amor, que busca eliminarnos a nosotros, precisamente a los que menos podemos defendernos. Esa fue la primera vez que me sentí más ligero, como si fuera María del Rocío, amada y adorada aunque use pañal, no sepa hablar, no tenga dientes y necesite que la carguen. Yo hice lo mismo con todos y cada uno de mis hijos y con todos mis nietos, porque tuve la fuerza para poder disfrutarlos. Los recibí a todos como se debe acoger a un ser que viene de nosotros mismos.
Hoy cuando me veo en el reflejo de la ventana que da al jardín, lo hago con otros ojos. Y estoy en paz esperando que naturalmente Dios decida mi fin. Y dando gracias porque fui capaz de enseñarle a los de mi sangre el respeto y el amor por la vida. Por eso este jardín se repleta de personas muy seguido y por eso también, aún puedo estar yo aquí disfrutando de ese maravilloso regalo que Dios me da todos los días.