
En la recta final todo se vuelve más raro. Hay una presencia física de muchas cosas de tamaño extra chico, miniatura, de muñeca. La casa, que de por sí es pequeña, tiene separado un espacio importante en colores pastel –decorado con animalitos como elefantes, koalas, mariposas y caballos– que nadie usa pero tiene un dueño. Hay jabón de glicerina, algodones, juguetes, muñecas, un coche, una silla de auto, una mecedora, pañales, muchas cosas que esperan ahí quietas a que esa personita llegue a usarlas.
Pero igual de quietos estamos nosotros, esperando, sin movernos más de lo que la ruta del trabajo indica, aguardando a ese mismo ser que nos ha regalado Dios y que está en la barriga, estirándose a sus anchas, sin importarle si le duele a mamá o la incomoda. Es su casa, es su mundo, y hay que respetarlo. Trata si no, de hacerle entender que ya sus tres kilos y algo más pesan un poquito más luego de horas de trabajo. Es una batalla que nunca ganarás.
Todas las noches desde hace una semana llegamos a la casa, nos sentamos en el sillón, prendemos la televisión y nos abrazamos serenos a disfrutar del programa de televisión preferido que dentro de poco se verá inundando de llantos reclamando leche o un cambio de pañal. La sensación es extraña. Algo se aproxima. Algo importante, nuevo, distinto que no sabemos cómo nos afectará. Pero los dos seguimos abrazados hasta que acaba el programa y nos vamos a la cama a acomodarnos lo mejor que 8 meses y medio de embarazo permiten, luego de agradecer por ese lindo día y esperar uno nuevo… tal vez sea ese el que tanto estamos esperando. Pero puede ser cuando quiera. No importa. La maleta está lista y nosotros, creemos, también.